La casa de los mil espejos

 

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Antonio Gil

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Un día, buscándose refugiarse del sol, un perrito logró meterse por un agujero de una de las puertas de la casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera y, al terminar de subirlas, se topó con una puerta semiabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta de que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Luego sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí: «¡Qué lugar tan agradable! ¡Voy a venir muchas veces a visitarlo!». Tiempo después, otro perrito callejero entró en el mismo lugar, pero, a diferencia del primero, al ver a los otros mil perritos, se sintió amenazado, ya que creía que lo miraban de manera agresiva. Luego, empezó a gruñir y, naturalmente, vio cómo los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron también. Cuando este perrito salió de allí, pensó: «¡Qué lugar tan horrible es éste! ¡Nunca más volveré a entrar aqui!». En la portada de aquella casa había un viejo letrero que decía: La casa de los mil espejos.

¿Quién al leer esta hermosa fábula, no recuerda aquel dicho tan popular de que «nada es verdad ni es mentira; todo depende del cristal con que se mira?».

Dicho de otro modo, si yo viera las cosas, las personas y, sobre todo, los acontecimientos, con la mirada de Dios, ¡cómo cambiaría todo! San Juan de la Cruz, uno de los místicos y poetas más emblemáticos de nuestra historia y de nuestra literatura, aún lo expresó de una forma más acertada desde la perspectiva de la fe: «Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor». Brota la frase cuando Juan de la Cruz sufre el mayor de los desprecios por parte de sus compañeros de Orden. Él está plenamente inmerso en la reforma del Carmelo. Le quitan todos sus cargos y lo mandan a Jaén, donde vive en la mayor pobreza y austeridad. Desde Sevilla, le llegan ecos de calumnias muy graves, propaladas por algunos frailes. ¿Respuesta de Juan de la Cruz? Así contesta a una religiosa carmelita reformada: «De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. Dios sabe lo que nos conviene y ordena todas las cosas para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor». Hermosa fábula, magnífico mensaje.

* Sacerdote y periodista

Tomado de Diario Córdoba

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