Tras las huellas del poeta místico

El Paseo de San Juan de la Cruz forma parte del trayecto que realizaba cuando subía a la ciudad desde el Convento de los Carmelitas Descalzos

ELENA RUBIO | SEGOVIA

No es una escultura cualquiera. Es la estatua que rinde homenaje a San Juan de la Cruz en el inicio del paseo que lleva su nombre. Sobre un pedestal, y prácticamente a tamaño real, se encuentra la figura del santo con un libro en la mano y la mirada hacia el cielo. Es el emotivo recuerdo que quiso brindarle la ciudad con motivo de la celebración del IV centenario de su muerte; de ahí que en su base se pueda leer: ‘Segovia a San Juan de la Cruz’. Es a la altura de esta escultura, obra de José María García Moro, donde se inicia el recorrido por el Paseo de San Juan de la Cruz, que conduce hasta el paseo de Santo Domingo de Guzmán y que tantas veces realizó el santo cuando residió en Segovia. El recuerdo de este camino se plasma en la placa que da nombre a la vía: ‘Itinerario que el poeta místico hiciera en vida cuando desde el convento de Los Descalzos ascendía a la ciudad’.

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Hoy en día, es una vía muy utilizada por los segovianos a diario, tanto por los que quieren aparcar su vehículo en uno de sus márgenes como para los que la utilizan como salida del casco histórico en sentido de bajada. Si se hace a pie, el segoviano apenas encuentra en su inicio algunas casas con esgrafiado en sus fachadas, que una vez pasadas de largo permiten contemplar unas increíbles vistas de El Parral, la Veracruz y parte de la Alameda de la Fuencisla desde algunos de los bancos de piedra que existen a lo largo de la calle. Solo el traqueteo de los adoquines cuando pasa algún vehículo rompe este silencio, que permite escuchar con el buen tiempo los sonidos procedentes de ese cinturón verde de la ciudad, tan cercano desde este paseo.

La primera vez que San Juan de la Cruz estuvo en Segovia fue acompañado de Santa Teresa de Jesús, en 1574, para fundar juntos el convento de las Carmelitas Descalzas de San José, donde oficiaría la misa fundacional. Pero no sería hasta seis años después cuando regresara de nuevo a la ciudad para fundar el que sería el convento de los Carmelitas Descalzos, que ayudó a construir con sus propias manos. Fue tan especial para el santo que hoy reposan allí parte de sus restos. San Juan ocupó el cargo de primer definidor y mandó en el convento, por lo que fijó su residencia en la ciudad.

Tres años de estancia en la que San Juan escribió doce de sus treinta y tres cartas, generalmente breves, que tratan diversos contenidos, tanto de carácter oficial, con claro estilo espiritual, así como otras más personales, donde «prima un tono afectuoso y cordial», según recoge la web de turismo del Ayuntamiento de Segovia.

Estas actividades no le impidieron ejercer como prior, trabajando en las huertas, además de tallar y esboza caminos en la ladera para facilitar la subida a su capilla. En esta etapa como prior, se traslada cada día hasta el Convento de San José, situado en el recinto amurallado, «para atender espiritualmente a las monjas Descalzas. Este camino diario le lleva por la ladera del río Eresma, y entra en la ciudad atravesando la Puerta de Santiago», apunta la web municipal.

El poeta y escritor místico estuvo a gusto en la ciudad durante su estancia. La población de Segovia sentía «un gran respeto hacia su persona y su obra. Escritores y poetas le muestran su admiración; Alonso de Ledesma y Jerónimo Alcalá Yáñez se precian de haberle tenido por maestro, al igual que Juan de Orozco».

A los pocos meses de abandonar Segovia muere en Úbeda (Jaén), a los 49 años de edad. En 1593, parte de sus restos fueron trasladados a la ciudad para reposar en el convento que fundó. A excepción de las extremidades inferiores, que permanecen en Úbeda. Fue beatificado en 1657 por Clemente X y canonizado por Benedicto XIII en 1726. Posteriormente, en 1926, Pío XI lo proclama Doctor de la Iglesia Universal y en 1952 es declarado patrono de los poetas españoles.

Juan de Yepes Álvarez (1542-1591), como se llamaba realmente San Juan de la Cruz, fue un gran amante de la palabra, conocedor del corazón humano. Entre sus obras destacan los poemas ‘Subida al monte Carmelo’, ‘Noche oscura del alma’, ‘Llama viva de amor’ y ‘Cántico Espiritual’. Es precisamente una estrofa de este último poema la que se encuentra recogida en una de las placas de cerámica que ilustra el paseo: «¡Mi amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos».

Tomado de El Norte de Castilla

 

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