La mística de los sentidos

Tolentino Mendonça aboga por la revalorización del cuerpo dentro del imaginario cristiano en su último libro

DÍDAC P. LAGARRIGA Barcelona

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En la búsqueda de sentido muchos han olvidado los sentidos. Lo íntimo, estimulante, puro lenguaje que acompaña -y precede- el discurso mental, intelectual. Somos cuerpo, obviamente, pero tendemos a huir cuando entramos en el ámbito espiritual. Como si el cuerpo fuera mero receptáculo, como si su lógica caducidad nos empujara a buscar el sentido (de la vida) fuera de los sentidos (que son, explícitamente, vida). Quizás por el deseo de permanecer eternamente, sin cuerpo, hacemos del cuerpo un vehículo temporal, testimoniando su desgaste como si no formara parte de nosotros. Podemos adjudicarle también todos los males, del dolor físico y el deterioro en las pasiones que todo lo desequilibran. El anhelo de trascender y el valor del intangible nos obliga, aparentemente, a despreciar todo lo palpable -o, al menos, a desconfiar de ella-, desde el cuerpo a cualquier otra manifestación mundana. Cuerpo y espíritu se ven, a menudo, antagonistas. ¿Es posible su reconciliación?

José Tolentino Mendonça, poeta portugués, especialista en estudios bíblicos y vicerrector de la Universidad Católica Portuguesa, denuncia este “analfabetismo emocional” (en palabras del cineasta Ingmar Bergman) provocado por el imaginario cristiano, y se pregunta: “¿No será hora de volver a los sentidos? ¿No será esta una oportunidad propicia para revitalizar los mismos? ¿No ha llegado el momento de comprender mejor qué une sentidos y sentido? “Con ánimo de despertarnos los sentidos y hacer del instante del espacio-tiempo imprescindible para disfrutar de ellos, ha escrito el libro Hacia una espiritualidad de los sentidos (primaveral , breve, poético, coral, lleno de esporas que revolotean, idóneamente publicado por Fragmenta).

La sentida indiferencia

“La precariedad y fragilidad del cuerpo; el grito, universal y concreto, que nos brota; su común y cotidiana respiración, nos acercan más a Dios que cualquier elaboración conceptual “, afirma Tolentino Mendonça. Estamento fundamental para esta mística de los sentidos, que dota el imaginario cristiano de lo que muchas otras tradiciones espirituales nunca han llegado a perder: la concepción del cuerpo como gramática de Dios. “Son nuestros cuerpos los que rezan, no sólo el pensamiento”, escribe el ensayista de Madeira, recuperando la necesidad de inmanencia, del aquí y el ahora, física y etérea vez. Y sigue: “La oración habita cada uno de nuestros sentidos. Por eso la frase «Abrir los ojos ya es rezar» no debería sorprendernos “.

Cuando marginamos el cuerpo y potenciamos las aporías mentales corremos el riesgo de fortalecer un ideario intelectual descompensado, del mismo modo que el culto al cuerpo, a las pasiones y los placeres efímeros y materiales nos pueden llevar al olvido de todo lo intangible, vinculado, que nos desegocentra. Como siempre, el equilibrio, frágil y esporádico, nos pide una conciencia activa -no idealitzada-, en alerta -no espantada- y confiada -sin altivesa-.

“La indiferencia a los sentidos, que el cinismo inducido en un cierto momento de la vida promueve, no deja de ser un menor instrumento de aniquilación”, apunta Tolentino Mendonça, que nos propone una sugerente metáfora cada vez menos metafórica: este culto a la vida más allá de la vida, eterna e inmaterial, puede conducirnos a una mistificación que se gire en contra de nosotros mismos y de las expectativas generadas: nos arriesgamos a ser ídolos de piedra, como los cantados al Salmo: “Tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; oídos que no oyen y nariz que no huele. Sus manos no palpan “. La pérdida de los sentidos, por lo tanto, conllevaría erigirnos como ídolos de nosotros mismos, radicalmente insensibles. ¿No es eso, desgraciadamente, uno de los peores males actuales?

El instante de la mística

El poeta Joan Margarit alerta del fácil y frecuente paso del misticismo a la mistificación. Mistificar, ciertamente, es más fácil, más rápido e incluso menos arriesgado. Sólo hay que embarcarnos en las inercias de un elogio soberbio, sesgado. El misticismo mistificado -esto es, falseado, edulcorado, modelado según las expectativas de un mismo-es una corriente que arrastra. Consciente de ello, José Tolentino Mendonça denuncia un acercamiento a la mística disecada -de carácter histórico, anclada en el pasado o singularizada en algunas figuras excepcionales, como si no fuera patrimonio de todos. Y aclara: “Mística debe ser siempre sinónimo de libertad. Esta libertad inmensa, de todo, de todo el mundo y de uno mismo, requiere la comprensión de la interdependencia que nos cuesta tanto ver: entre micro y macro, cercano y lejano, dentro y fuera, nuestro y de los demás, actividad y reposo, silencio y palabra, quietud y gesto, inmovilidad y viaje, hambre y pan, ahora y después. El místico es aquel que no puede dejar de caminar. Seguro de lo que le falta, se da cuenta de que cada lugar por donde pasa es aún provisional y que la demanda continúa. Esta especie de exceso que es su deseo hace que se exceda, que atraviese y pierda los lugares. Como recuerda Michel de Certeau, “El místico no habita ninguna parte, es habitado» “, concluye Tolentino, que también cita Raimon Panikkar:” La mística no es sino la experiencia integral de la vida “.

Si, como describe este poeta y ensayista portugués a Hacia una espiritualidad de los sentidos, “La vida es el inmenso laboratorio para la atención, la sensibilidad, la admiración que nos permite reconocer en cada instante, por más precario y escaso que sea, la reverberación de una fantástica presencia: los pasos de Dios mismo “, se necesitan vías y guías que nos proporcionen esta convergencia entre sentidos y instante, donde lo que él llama” mística del instante “se entienda” como una declaración de amor a la vida y un compromiso en la construcción de un futuro común “. El renovador teólogo católico francés Louis-Marie Chauvet, también citado por Tolentino, recuerda: “Lo más espiritual no ocurre de otra manera que en la mediación del más corpóreo”.

Mirar con el oído, palpar con la mirada, saborear el legado religioso y espiritual. Quedarnos desnudos, es decir, evidenciando no sólo nuestra humilde desnuda vivencial, sino también mostrando el cuerpo que sueño, con la intención, latente, de sumergiéndonos en el instante.

Tomado de: http://www.ara.cat/estils_i_gent/mistica-dels-sentits_0_1579642033.html

 

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